POR ANTONIA VIU B.
En 1949, Alejo Carpentier publica “El reino de este mundo”, novela fundamental de las letras hispanoamericanas al sentar las bases de lo que su autor llamó lo real maravilloso, tratando de identificar aquella extraña manera de ser de lo latinoamericano que definió nuestra literatura, al menos como producto de exportación, durante buena parte del siglo XX. Este libro es una obra clave al tratarse de un intento explícito del autor por construir un relato histórico, intento que mantuvo en todas sus obras durante la década del 40 y que inaugura una importante serie de textos de ficción histórica revisionistas que se delinean, sobre todo, a partir de los años 80. En 1966, aparece por primera vez “Ancho mar de los sargazos” de Jean Rhys, escritora nacida en la isla de Dominica. Esta novela, ha sido estudiada por su valor como creación autónoma, y, a su vez, como una lectura feminista y postcolonial de “Jane Eyre” (1847) de Charlotte La violencia entre los seres humanos siempre existirá en el reino de este mundo, algo que hace volar las ambiciones historicistas con que se inaugura la novela y la enmarca en un plano atemporal, el de un tapiz barroco en el que todo cobra vida, pero, a la vez, todo está amarrado a un destino ya acontecido y que volverá a acontecer.
Brontë, ya que narra la historia de Antoinette Cosway / Bertha Mason, la mujer antillana loca de Rochester encerrada en el ático de una mansión inglesa, que en dicha novela solo actúa en función de los conflictos de la verdadera protagonista, la inglesa Jane Eyre. El interés de la crítica por estas obras y la multiplicidad de marcos desde los cuales pueden leerse, hablan de la complejidad que revisten aún hoy, complejidad que surge de un sinnúmero de tensiones culturales, raciales y religiosas, sumadas a una riqueza estética y textual desconcertante en novelas tan breves. Por eso, en estas líneas, además de prestar atención hacia el valor de una lectura conjunta de ellas, quisiera enmarcar algunas escenas de central importancia como condensadoras de uno de los sentidos que el Caribe asume en dichos textos. Estas escenas son, paradójicamente, las que transcurren en Europa.
El reino de este mundo
El prólogo que Carpentier escribe, contando lo que vio en su viaje por tierras de Haití y que lo habría llevado a escribir la novela, deja ver una mirada que si bien se inscribe como americana también es profundamente conocedora de lo europeo, al punto de juzgar el arte surrealista como artificial. El autor está definiendo una forma de ser de la realidad latinoamericana y, para eso, es indispensable un desdoblamiento que quizás sólo alguien con la cultura y la experiencia europea de Carpentier, podría haber hecho. Llama la atención que en este relato de la historia de Haití, en varias etapas de la rebelión de los esclavos y la instauración de la República durante los siglos XVIII y XIX, la compleja relación entre los diversos agentes culturales que la novela despliega se resuelva en una especie de moraleja existencialista. La violencia entre los seres humanos siempre existirá en el reino de este mundo, algo que hace volar las ambiciones historicistas con que se inaugura la novela y la enmarca en un plano atemporal, el de un tapiz barroco en el que todo cobra vida, pero, a la vez, todo está amarrado a un destino ya acontecido y que volverá a acontecer.
Dentro de este tapiz, encontramos a Solimán, un negro que aparece primero como el enamorado servidor de Paulina Bonaparte en su estadía en la Isla de la Tortuga, que luego cruza a Europa como el manso compañero de juegos de las hijas del muerto rey Christophe, transformándose en la entretención estival de los romanos que se ofrecen siempre que está sudoroso “a pasar un pañuelo por las mejillas para ver si desteñía”. Es el capítulo I de la cuarta parte, “La noche de las estatuas”, y en él vemos a Solimán en compañía de una cocinera piamontesa con quien se dedica a beber vino y a remontar las estancias del palacio Borghese, llegando a un patio de estatuas que, para Solimán, comienzan a cobrar vida. En la última estancia, hay una mujer totalmente desnuda que le produce especial estupor. Aunque se trata de una estatua de mármol, la Venus de Cánova, Solimán “conocía aquel semblante, y también el cuerpo… la materia era distinta pero las formas eran las mismas”. Reviviendo el recuerdo de Paulina Bonaparte, Solimán le da masajes para volverla a la vida y al descubrir que nada puede contra la frialdad de la mujer, comienza a gritar con una fuerza tan primitiva que la cocinera arranca despavorida. La escena es conmovedora no solo por la ingenuidad de Solimán y el desconcierto en que se queda al no poder resucitar a Paulina, sino porque tras el escándalo que hace en el palacio, se reúne una muchedumbre que lo hace revivir la noche en que debieron huir de Haití y lo llevan a invocar a Papa Legba, espíritu del vudú haitiano, para que le abra los caminos de regreso a Santo Domingo.
En el mundo europeo, los poderes y la religiosidad de Solimán no surten ningún efecto; el verano que lo había hecho confundir ambos mundos, empieza a humedecer los mármoles de Roma, dándose cuenta de su soledad. La magia y la espiritualidad del vudú no prosperan allí. Las cosas son frías, artificiales e impenetrables: “De espaldas a todos, gimoteando hacia la pared adornada con flores amarillas en papel verde, Solimán trata de alcanzar a un Dios que se encontraba en el lejano Dahomey”.

Ancho mar de los Sargazos
La protagonista de la novela de Rhys plantea problemas distintos a los que surgen del prólogo de Carpentier, pues, más que la fascinación por una tierra y una cultura elegidas, vemos a una mujer para quien su identidad es un conflicto. Criolla, hija de inglés con una mujer de Martinica, con un medio hermano mulato y una familia empobrecida tras la abolición de la esclavitud, Antoinette crece en Jamaica escuchando que es una cucaracha blanca o una white nigger. Luego, el segundo matrimonio de su madre les permite salir de la pobreza, pero desata la violencia de los negros que hasta entonces sólo la habían mirado con desprecio. Estos, queman Coulibri, la hacienda en la que había crecido, lo único que le daba felicidad y algún sentido de pertenencia junto a su tía Cora y a la negra Christophine. La novela está dividida en tres partes. En la primera, escuchamos la historia de Antoinette de sus propios labios. En la segunda, el que habla es su marido inglés, Rochester, quien se casa con ella a través de un acuerdo hecho por su padre casi sin conocerla. Su relato habla de lo difícil que es para él, como inglés, entender la radical rareza de Antoinette, aumentada por el hecho de tener una madre que enloqueció y trató de matar a su marido, y lo extraño que es el lugar en el que viven, Granbois, Dominica. La tercera parte es la más breve y nos muestra a Antoinette en Londres, en el altillo aquel de “Jane Eyre”. Sabemos de ella por lo que dice Grace Poole, una especie de carcelera que la cuida. Tras enterarse de que su hermano Richard, quien la casó con Rochester, dice que no hay salida legal para su situación, Antoinette sigue actuando de la manera enajenada en que lo ha hecho hasta ese momento, y despliega un plan que le permite salir del cuarto robando las llaves a Grace Poole, acceder a la casa principal prendiendo fuego a los salones por los que va pasando y llegar a una torre por la que se va a lanzar. El grito de Rochester la despierta en el sueño y así nos damos cuenta de que nada de eso ha pasado aún, pero que está a punto de ocurrir: este sueño no es más que el último de una serie que a lo largo de la novela ha anticipado el destino de esta mujer. Caminará en compañía de alguien que la odia por el bosque hasta un altillo que para ella es el infierno, pero que en este último minuto le revela su misión: quemar este lugar de cartón piedra que para ella no puede ser Inglaterra y reencontrase con el Caribe al tirarse de la torre.
Esta revelación se refuerza por el carácter alucinado que la protagonista ha tenido durante buena parte del relato y que, en el texto, se explica mediante la figura del zombie, que Rochester encuentra en un relato sobre Obeah, nombre que recibe el vudú en algunas islas del Caribe. “Un zombie es una persona muerta que parece estar viva o una persona viva que está muerta. El zombie puede ser también el espíritu de un lugar que se aplaca mediante el sacrificio de ofrendas de flores y de frutas”. Esta figura le sirve para El grito de Rochester la despierta en el sueño y así nos damos cuenta de que nada de eso ha pasado aún, pero que está a punto de ocurrir: este sueño no es más que el último de una serie que a lo largo de la novela ha anticipado el destino de esta mujer.
Carpentier, fiel a su idea de que lo maravilloso sólo fluye libremente en la historia de Hispanoamérica, dibuja a un Solimán al que no le queda más que llorar rogando a Papa Legba para que abra los puentes que le permitan regresar. explicarse las ofrendas que ha visto en una casa en ruinas mientras pasea, pero también puede explicar el carácter autómata que reviste el comportamiento de Antoinette y su dependencia de Christophine, quien da forma al misterio del vudú en la novela. Así como Solimán revive en la noche romana la noche haitiana de la fuga, Antoinette revive en el incendio aquel fuego que la llevó a perder su adorada Coulibri a manos de los negros. Desde esta perspectiva, ella ejercería una suerte de venganza del Caribe en Europa, ya que es un inglés, el segundo marido de su madre, el que va a romper el equilibrio que existía entre ellas y los negros. Pero más que agente, Antoinette parece ser el instrumento mediante el cual una fuerza oscura y telúrica toma venganza.
Así, nuevamente es la fuerza del Caribe y del vudú lo que se pone a prueba en esta escena europea. Sin duda, habría bastante más que decir respecto de estas escenas y su valor dentro de las novelas, pero esto nos basta para notar una diferencia radical en el proyecto de ambas: mientras Carpentier, fiel a su idea de que lo maravilloso sólo fluye libremente en la historia de Hispanoamérica, dibuja a un Solimán al que no le queda más que llorar rogando a Papa Legba para que abra los puentes que le permitan regresar, Antoinette es un personaje amenazante hasta el final y que tiene una misión concreta en Inglaterra, lo que muestra de manera clara un proyecto postcolonial y feminista que hallará resonancias desde el momento de su publicación.
Articulo tomado de la revista GRIFO, número doce, 2008, Santiago de Chile, Escuela de Literatura Creativa Universidad Diego Portales.